Tomelloso

Un viaje con sabor a historia, pan y vino

Llegar a Tomelloso es entender, de un solo vistazo, que aquí el tiempo ha sido esculpido por el esfuerzo y el vino. Lo primero que saluda al viajero son sus chimeneas. No son torres industriales al uso; son esbeltas columnas de ladrillo que, como faros de tierra adentro, recuerdan el pasado de las antiguas destilerías. Columnas que permanecen elegantes, como monumentos que reviven a esa ambición que convirtió a Tomelloso en el mayor productor de alcohol vínico del mundo.

Bajo el asfalto y las casas, la ciudad es un queso de gruyère. Durante décadas, los vecinos excavaron a mano más de 2.000 cuevas para albergar las grandes tinajas de barro donde el mosto se hacía vino. Entrar en una de estas cuevas es descender a un mundo de silencio y frescor constante.

Tomelloso, además, es la «Atenas de la Mancha». Es la cuna de los Antonio López (el tío, Torres, y el sobrino, García). En el Museo Antonio López Torres, un edificio que por sí solo merece la visita por su equilibrada arquitectura de Fernando Higueras, se guarda la luz manchega atrapada en lienzos. Asimismo, La Posada de los Portales, en la Plaza de España, destaca con sus galerías de madera y su aire de otra época. Y si uno decide alejarse apenas unos minutos del centro, el paisaje regala el Bombo. Es quizás la construcción más honesta de la arquitectura popular española.

No se puede hablar de Tomelloso sin mencionar su pan. El Pan de Cruz, con su corteza crujiente y su miga densa, es el compañero inseparable de una gastronomía que sabe a gachas, a migas y a quesos de los que se quedan en la memoria. Y, claro, Tomelloso es vino. Con su Cooperativa Virgen de las Viñas como punta de lanza, la más grande de toda Europa, la ciudad puede presumir de ser el primer productor de alcohol vínico del mundo. Tomelloso no es un destino de paso. Es un lugar para detenerse y disfrutar de la belleza más profunda.