El secreto mejor guardado del Mediterráneo
Los romanos la llamaron Albania por la blancura de sus cumbres nevadas, pero sus habitantes la llaman Shqiperia, que significa «águila». Este símbolo quedó plasmado en su bandera y representa a un territorio fronterizo que equilibra Oriente y Occidente.
Rodeada por los Balcanes y bañada por los mares Jónico y Adriático, esta nación es hoy una tierra abierta y cercana. Un país que, aunque se encuentra en Europa, cuenta con un latido diferente. Es un lugar mágico donde el espacio y el tiempo se rigen por sus propias leyes.
La travesía comienza en Tirana, la vibrante capital donde aún se respira el peso de la historia reciente del país. En sus bulevares de estilo francés conviven mezquitas otomanas, iglesias ortodoxas y construcciones de la época socialista, hoy transformadas con coloridos murales.
La vida se celebra en las animadas terrazas del Blloku, una zona de cafés que durante la dictadura comunista estuvo reservada exclusivamente para la élite política. Paseando por sus calles se llega a la emblemática plaza Skanderbeg, donde se alza la estatua ecuestre del héroe nacional Gjergj Kastrioti “Skanderbeg”, quien frenó la expansión del Imperio Otomano en el siglo XV. Tras el repaso histórico por la capital, en los comercios se disfruta de la noche con cervezas locales o con raki, el destilado casero heredero del periodo otomano.


La tradición albanesa también se respira con orgullo en Kruja. Allí se alza el Castillo-museo de Skanderberg. Alrededor de la fortaleza, un bazar de callejuelas empedradas y aleros de madera transporta al viajero al pasado. Un poco más hacia el interior espera Berat, la «ciudad de las mil ventanas», declarada Patrimonio de la Humanidad. Enclavada a orillas del río Osum, conserva su trazado medieval donde los barrios históricos de Mangalemi y Gorica se miran de frente.
No muy lejos de la ruta hacia el sur se encuentra Gjirokaster, otra de las fascinantes joyas declaradas Patrimonio de la Humanidad. Conocida popularmente como «la ciudad de piedra», Gjirokaster destaca como uno de los ejemplos más puros y mejor conservados de arquitectura otomana en los Balcanes.
Para los amantes del sol y la playa, desde la costera Vlore se despliega el mayor espectáculo natural del país: la Riviera Albanesa. Dhermi fascina con la playa de Drymades, una cala de arena blanca resguardada por acantilados, y la salvaje playa de Gjipe, accesible únicamente a pie. Más al sur, Himare combina su antiguo castillo pirata con un vibrante paseo marítimo. A pocos minutos, la bahía de Porto Palermo esconde el castillo de Ali Pachá y un tétrico túnel que sirvió como búnker para submarinos soviéticos.
La ruta costera continúa por los siete kilómetros silvestres de la playa de Borsh, enmarcada por olivares. Tras pasar la turística Saranda, el viaje culmina en Ksamil, un paraíso de aguas turquesas y vibrante ambiente caribeño situado tan cerca de la isla griega de Corfú que casi se podría alcanzar a nado. En este último se esconde la joya de la corona histórica, el Parque Arqueológico de Butrint.
Recorrer Albania es también sumergirse en una cocina de herencia compartida, donde la frescura mediterránea abraza los sabores intensos de Oriente. El rey de la gastronomía callejera es el burek, un pastel salado de crujiente masa filo que se rellena con carne, queso o espinacas. Para comprender el orgullo local, es imprescindible probar el tavë kosi, el plato nacional a base de tierno cordero horneado lentamente bajo una cremosa costera de yogur, huevos y arroz. El broche de oro culinario llega siempre con el postre, donde se debate la ligereza del trileçe; un suave bizcocho empapado en tres leches y bañado en caramelo, frente a la intensidad del baklava, con sus infinitas capas de frutos secos y almíbar.
Albania ofrece la emoción pura del descubrimiento y demuestra que el verdadero lujo es tener la oportunidad irrepetible de perderse en una Europa salvaje, hospitalaria, sabrosa y contradictoria.










